La dualidad de la estructura Ivar
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“La calidad de mi vida depende de la calidad de mis interpretaciones” - Maïté Issa.
Estábamos viviendo con mi hija, uno de esos mágicos momentos en los que ella se interesa por “mi otra yo”, aquella persona que era antes de convertirme en su mamá.
La Navidad estaba cerca y le había comentado que escribir lo que deseaba en una de sus libretas era una forma de conseguir que sus sueños se hicieran realidad. Asombrada cuestionó si eso era cierto y le confirmé que sí, que así lo había conseguido yo, estudiando y cogiendo apuntes en una libreta sobre lugares que pensaba visitar, recorriendo con mi imaginación las calles por las que quería caminar, en cuanto pudiera comprar un pasaje de avión para viajar a Hawaii.
Porque la verdad es que cuando comencé a escribir en aquella libreta, el único pasaje que tenía en mi poder era de ida y vuelta a New York por lo que me faltaba imaginar cómo recorrer los 8000 km que la separaban de Hawaii.
Ilusionada por mostrarle aquella libreta, sintiendo las emociones de todas las otras curiosas circunstancias que durante siete meses fueron convirtiendo aquel plan, aquel sueño en una realidad, subimos hasta mi habitación para buscarla y al querer abrir la puerta, sentí una fuerte resistencia, un algo que no nos dejaba entrar.
Encendí la luz y al empujar con más fuerza, nos encontramos con el riel de mi armario abierto derrumbado, con toda la ropa que allí había colgado tirada sobre el suelo de la habitación y al pladur donde el riel se sujetaba, con 4 grande agujeros.
Gracias a la alegría que recorría mi cuerpo, debido a que mi hija quería conocer trozos de mi vida, ante semejante estropicio, lo único que conseguí expresar fue un tenue “Oohh…” con una ligera sensación de consternación que se diluyó, rápidamente, al recordar nuestra misión de entrar en la habitación. Me dirigí hasta la estantería, cogí mi libreta, cerré la puerta de mi habitación y junto con mi hija, nos sentamos en su cama para leer juntas los mapas, reírnos de los garabatos, examinar datos y deseos expresados en la cuadrículas de aquellas cetrinas hojas, donde esbocé una de las tantas aventuras que vivió “mi otra yo”.
Al día siguiente, me puse a pensar en soluciones de bajo presupuesto por una cuestión de prioridades: los próximos gastos en regalos navideños para la familia y mi apretadísimo presupuesto para pasar el invierno. El objetivo era buscar formas de arreglar aquel armario sin tener que cambiar toda la distribución de la habitación y sentada en el comedor con la mente en modo imaginación (½ en blanco y ½ a tope de observación) pude visualizar a la estantería que organizaba nuestra despensa, dentro de mi habitación y en la web de Ikea encontré la clave: la versátil estructura IVAR.
Estaba convencidisima que era la selección adecuada para mi carrito de compra por lo que me dispuse a medir, a comprobar sobre mi despensa si la barra del riel que se había desmoronado podía ser reutilizada y al verificar que sí podía, la sensación de haber dado en el clavo me hizo regresar decidida a la web de Ikea para añadir las estructuras Ivar necesarias al carrito para disponerme a comprarlas pero… la web no funcionaba.
Insistí, esperé, probé desde la tablet, desde el ordenador, volví a insistir desde mi teléfono pero NADA. Es más, probé entrar a la web de Ikea peninsular y aquella si funcionaba, pero la de Ikea islas, estaba totalmente colgada.
Por un segundo, tuve la sensación de que aquello era una especie de señal, de que aquel domingo no debía tramitar el pedido. Sin resignación, sin pena aunque con un leve fastidio al que elegí no prestarle atención, elegí confiar en esa sensación de pausa, de stand by y dejé para el día siguiente, continuar con la misión de poner aquella estructura en el carrito.
La mañana siguiente amanecí enfocada en disfrutar de mi cumpleaños número 45 y también en cuidar de mi hija que se había puesto enfermita, aunque en mi memoria de carga mental seguía pendiente aquella tarea.
En cuanto tuve un momento libre, volví a la web de Ikea que finalmente funcionaba y al poner las tres estructuras que necesitaría para montar el nuevo armario, me di cuenta de que subía a un total de 60€ y además, que me faltaba añadir unas varillas OBSERVATOR que incrementan el importe, unos 6€ más.
Mientras buscaba estas varillas por la web, todavía no recuerdo bien que hago pero la web me muestra la imagen de una estantería llamada HEJNE. ¿Y esto? Anonadada busco en Pinterest info sobre este diseño y fascinada, compruebo que además de ser una opción muchísimo mejor para mi idea de armario, también era muchísimo más económica… tanto, que todo mi carrito de compra se quedaba en solo 19€.
Esto es abundancia.
De un momento a otro, por haber sido anfitriona de la incertidumbre, por haberla aceptado sin resistencia, ahorraba 47€.
GANABA en vez de perder.
Pero… ¿sabes qué? La magia de la incertidumbre, había hecho chispa en mi cerebro la noche que acepté el fallo en el sistema de Ikea, que toleré la frustración ante la imposibilidad de tramitar mi carrito de compra. Lo invisible se manifestaba sin yo saberlo, mientras escuchaba por segunda vez una entrevista a Maïté Issa y apuntaba en mi libreta:
“Si supiera con certeza que no puedo fracasar… ¿qué me atrevería a crear mañana?”
¿Qué significa fracasar?
Según la RAE es obtener un resultado adverso, es que algo salga diferente a como yo espero.
Fracasar desata en el cerebro, un proceso llamado error de predicción. Cada vez que experimentamos un fallo, un error, nuestro cerebro debilita las conexiones que fallaron y fortalece otras nuevas.
Pero como la incertidumbre consume mucha glucosa y genera cortisol, tendemos a forzar una conclusión, aunque vuelva a ser errónea.
El error, es un evento maravilloso durante el cual nuestro cerebro suelta su versión más rígida de la realidad. Si en ese momento, durante esta ventana creativa reconozco de forma consciente que mi cerebro se apresurará a corregir el error con una respuesta vieja, si me doy cuenta que el cerebro desatará un latigazo de estrés, desesperado por cerrar el caso (clausura cognitiva), puedo PAUSAR este proceso automático y permitir que emerja en mi, una nueva arquitectura mental.
¿Cómo puedo pausar ese proceso?
Cuando un error me genera emociones negativas, cuando fracasar me causa frustración, si entro en Modo Exploradora y reclasifico el fallo como información valiosa, evito cerrar la puerta a la ambigüedad, permiténdole al cerebro realizar lo conocido como muestreo mental.
Al aceptar la ambigüedad sin juzgarla, paso el control de los sistemas automáticos a la activación de la corteza prefrontal dorsolateral, capaz de sostener múltiples hipótesis a la vez.
Cuando me pregunto ¿qué nueva información me está dando la realidad con este error?, provoco que el sistema de recompensa del ego se desconecte y se vincule a la curiosidad pura.
Ser anfitriona de la duda, remodela nuestro sistema de predicciones y nos ofrece una ventana para ver, desde diferentes perspectivas, qué paisaje elegir.
Fuentes: Podcast A Lo Grande, entrevista a Maïté Issa
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